Resumen de El Hombre – El pensante

 TALLER DE LECTURA

UNDÉCIMO GRADO: HUMANIDADES E INFORMÁTICA
LENGUA Y LITERATURA
PROFESOR CARLOS FIGUEROA

Indicaciones: A continuación se le presenta la lectura de la biografía y el cuento "EL HOMBRE" del escritor mexicano JUAN RULFO, léalo atentamente y escriba un análisis corto, en diez renglones o líneas, sobre el significado, la temática y los personajes de esta historia, no olvide dejar su nombre al final, pues el mismo será comentado en la siguiente conferencia a través de "ZOOM". 



Juan Rulfo
(México, 1918-1986)


Biografia de Juan RulfoJuan Rulfo nació el  16 de mayo de 1917 en Jalisco. Rulfo se apropió de las experiencias de su núcleo familiar, la guerra, la orfandad, la religión, su entorno era rodeado de haciendas, campos destruidos por la violencia que se vivía por la Cristiada y la Revolución.

La verdadera vida de Juan Rulfo se encuentra en su obra; el autor permitió que la literatura tomara otras dimensiones en su época. El comienzo en la escritura literaria se dio en el año 1954, cuando Rulfo empezó a crear sus primeros trabajos literarios como colaborador en la revista América. Tiempo después comenzó a publicar en revistas literarias sus cuentos más importantes escritos en ese momento.

En 1946 incursionó en el mundo de la fotografía, donde realizo distinguidas composiciones en su labor de agente viajero. Al novelista se le conoce por su volumen de cuentos que van desde “El llano en llamas”, “Pedro Paramo” que se convirtió en su primera novela en 1955 donde muestra su diversidad y riqueza literaria.

Su personalidad melancólica se formó cuando apenas era un niño y la muerte de sus padres fue algo que lo marcó. Encontró en la literatura una forma de huir de la soledad.

Rulfo escribía: “A todos los que les gusta leer mucho, de tanto estar sentados les da flojera hacer otra cosa” A él le gustaba mucho leer, pasaba horas haciendo lo quemas le enriquecía. Los cuentos de Juan Rulfo y su prestigio literario perduraran por siempre, sus obras son reconocidas y estudiadas en México y en el extranjero.

El novelista situó sus cuentos dentro de la Revolución, sus obras literarias no narran el conflicto revolucionario, hacen referencia al drama que vivían los campesinos desde su propia historia.




El hombre
(El llano en llamas, 1953)


El hombre (Juan Rulfo) – Rocamadour        Los pies del hombre se hundieron en la arena dejando una huella sin forma, como si fuera la pezuña de algún animal. Treparon sobre las piedras, engarruñándose al sentir la inclinación de la subida; luego caminaron hacia arriba, buscando el horizonte.
        “Pies planos —dijo el que lo seguía—. Y un dedo de menos. Le falta el dedo gordo en el pie izquierdo. No abundan fulanos con estas señas. Así que será fácil.”
        La vereda subía, entre yerbas, llena de espinas y de malas mujeres. Parecía un camino de hormigas de tan angosta. Subía sin rodeos hacia el cielo. Se perdía allí y luego volvía a aparecer más lejos, bajo un cielo más lejano.
        Los pies siguieron la vereda, sin desviarse. El hombre caminó apoyándose en los callos de sus talones, raspando las piedras con las uñas de sus pies, rasguñándose los brazos, deteniéndose en cada horizonte para medir su fin: “No el mío sino el de él”, dijo. Y volvió la cabeza para ver quién había hablado.
        Ni una gota de aire, sólo el eco de su ruido entre las ramas rotas. Desvanecido a fuerza de ir a tientas, calculando sus pasos, aguantando hasta la respiración: “Voy a lo que voy”, volvió a decir. Y supo que era él el que hablaba.
        “Subió por aquí, rastrillando el monte —dijo el que lo perseguía—. Cortó las ramas con un machete. Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia deja huellas siempre. Eso lo perderá.”
        Comenzó a perder el ánimo cuando las horas se alargaron y detrás de un horizonte estaba otro y el cerro por donde subía no terminaba. Sacó el machete y cortó las ramas duras como raíces y tronchó la yerba desde la raíz. Mascó un gargajo mugroso y lo arrojó a la tierra con coraje. Se chupó los dientes y volvió a escupir. E1 cielo estaba tranquilo allá arriba, quieto, trasluciendo sus nubes entre la silueta de los palos guajes, sin hojas. No era tiempo de hojas. Era ese tiempo seco y roñoso de espinas y de espigas secas y silvestres. Golpeaba con ansia los matojos con el machete: “Se amellará con este trabajito, más te vale dejar en paz las cosas”.

        Oyó allá atrás su propia voz.
        “Lo señaló su propio coraje —dijo el perseguidor—. Él ha dicho quién es, ahora sólo falta saber dónde está. Terminaré de subir por donde subió, después bajaré por donde bajó, rastreándolo hasta cansarlo. Y donde yo me detenga, allí estará. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca... Eso sucederá cuando yo te encuentre.”
        Llegó al final. Sólo el puro cielo, cenizo, medio quemado por la nublazón de la noche. La tierra se había caído para el otro lado. Miró la casa enfrente de él, de la que salía el último humo del rescoldo. Se enterró en la tierra blanda, recién removida. Tocó la puerta sin querer, con el mango del machete. Un perro llegó y le lamió las rodillas, otro más corrió a su alrededor moviendo la cola. Entonces empujó la puerta sólo cerrada a la noche.
        E1 que lo perseguía dijo: “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; cuando comienzan los sueños; después del ‘Descansen en paz’, cuando se suelta la vida en manos de la noche con el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe”.
        “No debí matarlos a todos —dijo el hombre—. ”Al menos no a todos”. Eso fue lo que dijo.
        La madrugada estaba gris, llena de aire frío. Bajó hacia el otro lado, resbalándose por el zacatal. Soltó el machete que llevaba todavía apretado en la mano cuando el frío le entumeció las manos. Lo dejó allí. Lo vio brillar como un pedazo de culebra sin vida, entre las espigas secas.
        El hombre bajó buscando el río, abriendo una nueva brecha entre el monte.
        Muy abajo el río corre mullendo sus aguas entre sabinos florecidos; meciendo su espesa corriente en silencio. Camina y da vuelta sobre sí mismo. Va y viene como una serpentina enroscada sobre la tierra verde. No hace ruido. Uno podría dormir allí, junto a él, y alguien oiría la respiración de uno, pero no la del río. La hiedra baja desde los altos sabinos y se hunde en el agua, junta sus manos y forma telarañas que el río no deshace en ningún tiempo.
        El hombre encontró la línea del río por el color amarillo de los sabinos. No lo oía. Sólo lo veía retorcerse bajo las sombras. Vio venir las chachalacas. La tarde anterior se habían ido siguiendo, el sol, volando en parvadas detrás de la luz. Ahora el sol estaba por salir y ellas regresaban de nuevo.
        Se persignó hasta tres veces. “Discúlpenme”, les dijo. Y comenzó su tarea. Cuando llegó al tercero, le salían chorretes de lágrimas. O tal vez era sudor. Cuesta trabajo matar. El cuero es correoso. Se defiende aunque se haga a la resignación y el machete estaba mellado: “Ustedes me han de perdonar”, volvió a decirles.
        “Se sentó en la arena de la playa —eso dijo el que lo perseguía—. Se sentó aquí y no se movió por un largo rato. Esperó a que despejaran las nubes. Pero el sol no salió ese día, ni al siguiente. Me acuerdo. Fue el domingo aquel en que se me murió el recién nacido y fuimos a enterrarlo. No teníamos tristeza, sólo tengo memoria de que el cielo estaba gris y de que las flores que llevamos estaban desteñidas y marchitas como si sintieran la falta del sol.”
        “E1 hombre ese se quedó aquí, esperando. Allí estaban sus huellas: el nido que hizo junto a los matorrales; el calor de su cuerpo abriendo un pozo en la tierra húmeda.”
        “No debí haberme salido de la vereda —pensó el hombre. Por allá hubiera llegado. Pero es peligroso caminar por donde todos caminan, sobre todo llevando este peso que yo llevo. Este peso se ha de ver por cualquier ojo que me mire; se ha de ver como si fuera una hinchazón rara. Yo así lo siento. Cuando sentí que me había cortado un dedo, la gente lo vio y yo no, hasta después. Así ahora, aunque no quiera, tengo que tener alguna señal. Así lo siento, por el peso, o tal vez el esfuerzo me cansó”. Luego añadió: “No debí matarlos a todos; me hubiera conformado con el que tenía que matar; pero estaba oscuro y los bultos eran iguales... Después de todo, así de a muchos les costará menos el entierro.”
        “Te cansarás primero que yo. Llegaré a donde quieres llegar antes que tú estés allí —dijo el que iba detrás de él—. Me sé de memoria tus intenciones, quién eres y de dónde eres y adónde vas. Llegaré antes que tú llegues.”
        “Este no es el lugar —dijo el hombre al ver el río—.“Lo cruzaré aquí y luego más allá y quizá salga a la misma orilla. Tengo que estar al otro lado, donde no me conocen, donde nunca he estado y nadie sabe de mí; luego caminaré derecho, hasta llegar. De allí nadie me sacará nunca”.
        Pasaron más parvadas de chachalacas, graznando con gritos que ensordecían.
        “Caminaré más abajo. Aquí el se hace un enredijo y puede devolverme a donde no quiero regresar.”
        “Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron antes que los tuyos”.
        Oía su voz, su propia voz, saliendo despacio de su boca. La sentía sonar como una cosa falsa y sin sentido.
        ¿Por qué habría dicho aquello? Ahora su hijo se estaría burlando de él. O tal vez no. “Tal vez esté lleno de rencor conmigo por haberlo dejado solo en nuestra última hora”. Porque era también la mía; era únicamente la mía. É1 vino por mí. No los buscaba a ustedes, simplemente era yo el final de su viaje, la cara que él soñaba ver muerta, restregada contra el lodo, pateada y pisoteada hasta la desfiguración. Igual que lo que yo hice con su hermano; pero lo hice cara a cara, José Alcancía, frente a él y frente a ti y tú nomás llorabas y temblabas de miedo. Desde entonces supe quién eras y cómo vendrías a buscarme. Te esperé un mes, despierto de día y de noche, sabiendo que llegarías a rastras, escondido como una mala víbora. Y llegaste tarde. Y yo también llegué tarde. Llegué detrás de ti. Me entretuvo el entierro del recién nacido. Ahora entiendo. Ahora entiendo por qué se me marchitaron las flores en la mano.”
        “No debí matarlos a todos —iba pensando el hombre—. No valía la pena echarme ese tercio tan pesado en mi espalda. Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno. Debía de haberlos tentaleado de uno por uno hasta dar con él; lo hubiera conocido por el bigote; aunque estaba oscuro hubiera sabido dónde pegarle antes que se levantara... Después de todo, así estuvo mejor. Nadie los llorará y yo viviré en paz. La cosa es encontrar el paso para irme de aquí antes que me agarre la noche.”
        El hombre entró a la angostura del río por la tarde. E1 sol no había salido en todo el día, pero la luz se había borneado, volteando las sombras; por eso supo que era después del mediodía.

        “Estás atrapado —dijo el que iba detrás de él y que ahora estaba sentado a la orilla del río—. Te has metido en un atolladero. Primero haciendo tu fechoría y ahora yendo hacia los cajones, hacia tu propio cajón. No tiene caso que te siga hasta allá. Tendrás que regresar en cuanto te veas encañonado. Te esperaré aquí. Aprovecharé el tiempo para medir la puntería, para saber dónde te voy a colocar la bala. Tengo paciencia y tú no la tienes, así que ésa es mi ventaja. Tengo mi corazón que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el tuyo está desbaratado, revenido y lleno de pudrición. Esa es también mi ventaja. Mañana estarás muerto, o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días. No importa el tiempo. Tengo paciencia.”
        E1 hombre vio que el río se encajonaba entre altas paredes y se detuvo. “Tendré que regresar”, dijo.
        E1 río en estos lugares es ancho y hondo y no tropieza con ninguna piedra. Se resbala en un cauce como de aceite espeso y sucio. Y de vez en cuando se traga alguna rama en sus remolinos, sorbiéndola sin que se oiga ningún quejido.
        “Hijo —dijo el que estaba sentado esperando—: no tiene caso que te diga que el que te mató está muerto desde ahora”. ¿Acaso yo ganaré algo con eso? La cosa es que yo no estuve contigo. ¿De qué sirve explicar nada? No estaba contigo. Eso es todo. Ni con ella. Ni con él. “No estaba con nadie; porque el recién nacido no me dejó ninguna señal de recuerdo.”
        El hombre recorrió un largo tramo río arriba.
        En la cabeza le rebotaban burbujas de sangre. “Creí que el primero iba a despertar a los demás con su estertor, por eso me di prisa.” “Discúlpenme la apuración”, les dijo. Y después sintió que el gorgoreo aquel era igual al ronquido de la gente dormida; por eso se puso tan en calma cuando salió a la noche de afuera, al frío de aquella noche nublada.


        Parecía venir huyendo. Traía una porción de lodo en las zancas, que ya ni se sabía cuál era el color de sus pantalones.
        Lo vi desde que se zambulló en el río. Apechugó el cuerpo y luego se dejó ir corriente abajo, sin manotear, como si caminara pisando el fondo. Después rebasó la orilla y puso sus trapos a secar. Lo vi que temblaba de frío. Hacía aire y estaba nublado.
        Me estuve asomando desde el boquete de la cerca donde me tenía el patrón al encargo de sus borregos. Volvía y miraba a aquel hombre sin que él se maliciara que alguien lo estaba espiando.
        Se apalancó en sus brazos y se estuvo estirando y aflojando su humanidad, dejando orear el cuerpo para que se secara. Luego se enjaretó la camisa y los pantalones agujerados. vi que no traía machete ni ningún arma. Sólo la pura funda que le colgaba de la cintura, huérfana.
        Miró y remiró para todos lados y se fue. Y ya iba yo a enderezarme para arriar mis borregos, cuando lo volví a ver con la misma traza de desorientado.
        Se metió otra vez al río, en el brazo de en medio, de regreso.
        “¿Qué traerá este hombre?”, me pregunté.
        Y nada. Se echó de vuelta al río y la corriente se soltó zangoloteándolo como un reguilete, y hasta por poco y se ahoga. Dio muchos manotazos y por fin no pudo pasar y salió allá a bajo, echando buches de agua hasta desentriparse.
        Volvió a hacer la operación de secarse en pelota y luego arrendó río arriba por el rumbo de donde había venido.
        Que me lo dieran ahorita. De saber lo que había hecho lo hubiera apachurrado a pedradas y ni siquiera me entraría el remordimiento.
        Ya lo decía yo que era un juilón. Con sólo verle la cara. Pero no soy adivino, señor licenciado. Sólo soy un cuidador de borregos y hasta sí usted quiere algo miedoso cuando da la ocasión. Aunque, como usted dice, lo pude muy bien agarrar desprevenido y una pedrada bien dada en la cabeza lo hubiera dejado allí bien tieso. Usted ni quien se lo quite que tiene la razón.
        Eso que me cuenta de todas las muertes que debía y que acababa de efectuar, no me lo perdono. Me gusta matar matones, créame usted. No es la costumbre; pero se ha de sentir sabroso ayudarle a Dios a acabar con esos hijos del mal.
        La cosa es que no todo quedó allí. Lo vi venir de nueva cuenta al día siguiente. Pero yo todavía no sabía nada. ¡De haberlo sabido!
        Lo vi venir más flaco que el día antes con los huesos afuerita del pellejo, con la camisa rasgada. No creí que fuera él, así estaba de desconocido.
        Lo conocí por el arrastre de sus ojos: medio duros, como que lastimaban. Lo vi beber agua y luego hacer buches como quien está enjuagándose la boca; pero lo que pasaba era que se había tragado un buen puño de ajolotes, porque el charco donde se puso a sorber era bajito y estaba plagado de ajolotes. Debía de tener hambre.
        Le vi los ojos, que eran dos agujeros oscuros como de cueva.
        Se me arrimó y me dijo: “¿Son tuyas esas borregas?” Y yo le dije que no. “Son de quien las parió”, eso le dije.
        No le hizo gracia la cosa. Ni siquiera peló el diente. Se pegó a la más hobachona de mis borregas y con sus manos como tenazas le agarró las patas y le sorbió el pezón. Hasta acá se oían los balidos del animal; pero él no la soltaba, seguía chupe y chupe hasta que se hastió de mamar. Con decirle que tuve que echarle creolina en las ubres para que se le desinflamaran y no se le fueran a infestar los mordiscos que el hombre les había dado.
        ¿Dice usted que mató a toditita la familia de los Urquidi? De haberlo sabido lo atajo a puros leñazos.
        Pero uno es ignorante. Uno vive remontado en el cerro, sin más trato que los borregos, y los borregos no saben de chismes.
        Y al otro día se volvió a aparecer. Al llegar yo, llegó él. Y hasta entramos en amistad.
        Me contó que no era de por aquí, que era de un lugar muy lejos; pero que no podía andar ya porque le fallaban las piernas: “Camino y camino y ando nada. Se me doblan las piernas de la debilidad. Y mi tierra está lejos, más allá de aquellos cerros.” Me contó que se había pasado dos días sin comer más que puros yerbajos. Eso me dijo. ¿Dice usted que ni piedad le entró cuando mató a los familiares de los Urquidi? De haberlo sabido se habría quedado en juicio y con la boca abierta mientras estaba bebiéndose la leche de mis borregas.
        Pero no parecía malo. Me contaba de su mujer y de sus chamacos.
        Y de lo lejos que estaban de él. Se sorbía los mocos al acordarse de ellos.
        Y estaba reflaco, como trasijado. Todavía ayer se comió un pedazo de animal que se había muerto del relámpago. Parte amaneció comida de seguro por las hormigas arrieras y la parte que quedó él la tatemó en las brasas que yo prendía para calentarme las tortillas y le dio fin. Ruñó los huesos hasta dejarlos pelones.
        “El animalito murió de enfermedad”, le dije yo.
        Pero como si ni me oyera. Se lo tragó enterito. Tenía hambre.
        Pero dice usted que acabó con la vida de esa gente. De haberlo sabido. Lo que es ser ignorante y confiado. Yo no soy más que borreguero y de ahí en más no se nada. ¡Con decirles que se comía mis mismas tortillas y que las embarraba en mi mismo plato!
        ¿De modo que ahora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo encubridor? Pos ahora sí. ¿Y dice usted que me va a meter a la cárcel por esconder a ese individuo? Ni que yo fuera el que mató a la familia esa. Yo sólo vengo a decirle que allí en un charco del río está un difunto. Y usted me alega que desde cuándo y cómo es y de qué modo es ese difunto. Y ahora que yo se lo digo, salgo encubridor. Pos ahora sí.
        Créame usted, señor licenciado, que de haber sabido quién era aquel hombre no me hubiera faltado el modo de hacerlo perdidizo. ¿Pero yo qué sabía? Yo no soy adivino. Él sólo me pedía de comer y me platicaba de sus muchachos, chorreando lágrimas.
        Y ahora se ha muerto. Yo creí que había puesto a secar sus trapos entre las piedras del río; pero era él, enterito, el que estaba allí boca abajo, con la cara metida en el agua. Primero creí que se había doblado al empinarse sobre el río y no había podido ya enderezar la cabeza y que luego se había puesto a resollar agua, hasta que le vi la sangre coagulada que le salía por la boca y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran taladrado.
        Yo no voy a averiguar eso. Sólo vengo a decirle lo que pasó, sin quitar ni poner nada. Soy borreguero y no sé de otras cosas.

Comentarios

  1. Nos relata como un hombre camina por el desierto po lo que él llama el Horizonte es echado pueblo tras pueblo durante el camino se topa con tempestades en uno de sus pies le falta un dedo , él llega a un rió para pasar sus últimos días y encuentra un rebaño de ovejas
    11 de humanidades
    Genesis Jimenez

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  2. El hombre” un hombre persigue a José Alcancía para matarlo. Alcancía es perseguido por la masacre de la familia Urquidi, acto que ha cometido al asumir la venganza del asesinato de su hermano. Es perseguido precisamente por el asesino de su hermano, padre de la familia exterminada. José Alcancía cae, al final, víctima de su perseguidor, en una emboscada frente a un río.

    Variando el punto de vista, la otra historia es la del perseguidor, asesino del hermano de José Alcancía que se libra de la muerte por estar ausente de su casa: se había detenido en el camino de regreso del entierro de un hijo suyo.

    Finalmente, se presenta la relación dada por un borreguero a una persona identificada como “señor licenciado” en la que relata su encuentro con el prófugo y cómo lo ayudó durante algunos días para descubrirlo posteriormente muerto a la orilla del río.

    Fernando Flores
    11vo de informática

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  3. Bueno esta lectura trata de un hombre que le falta un dedo en el pie izquierdo del cual no sabemos ni su nombre, pues este mismo hombre es perseguido por lo que ha hecho. Se marca un contraste de lo que huye, y la seguridad y frialdad de quien ahora lo persigue, habiendo sido en algún momento objetivo de su actual perseguido, y entre yerbas, llena de espinas y de malas mujeres, Pues de tan angosto que era parecian caminos muy pequeños; subian hasta lo más alto del cielo, Se perdía allí y luego volvía a aparecer más lejos, bajo un cielo mucho mas lejano. El hombre siguio caminando y sus horas se hacian mas largas pues el cerro donde subía nunca terminaba, enojado Mascó sus dientes y volvió a escupir molesto ni una gota de aire, lo unico era el eco de su ruido entre las ramas rotas. Desvaneció su fuerza de ir a tientas, calculando sus pasos y aguantando hasta la respiración.
    Luego el que lo persigue dijo que el ya sabia quien era y que solo falataba saber donde estaba y dijo que subiria y bajararia hasta alcanzarlo y alli donde se detubiera ahi estaria y se arrodillaria y le pegaria un balazo en la nuca cuando lo encontrara; derrepente llega al frente de la casa donde debía estar su perseguidor, pues el abrió la puerta sin que nadie se diera cuenta ahora el perseguidor se ubica frente a la matanza hecha a su familia por parte del hombre, después de haberlos matados a todos el hombre corre desesperado hasta el rio, por la falta de luz que no le permitía descubrir su objetivo y a pesar que el hombre no sabe que está dentro de los muertos sino que ahora se a convertido en su perseguidor el cual va tras de sus víctimas mientras este espera en el rio sin saber que el otro se acerca a el, llega el borreguero para contarle del muerto que habia pero el lincenciado empezó a contarle todo lo que había hecho aquel hombre.... Pues el borreguero le comentaba al licenciado que el no sabía lo que aquel hombre había hecho pues de haberlo sabido el mismo lo hubiera agarrado a pedradas y ahí no termina todo pues al día siguiente llegó aquel hombre pues el borreguero todavia no sabia nada estaba casi muerto con ojeras y su cuerpo parecía calaberico el hombe se le arruinó y le dijo que si era suyas las borregas y el le respondió que no, que era de quien las había parido pues el hombre de los borregos no podría creer que aquel hombre había matado toda la familia de los Urquias pues el hombre no paresia malo al contrario llorando contaba de su familia e hijos que estaba muy lejo de ellos...el hombre le dice al licenciado que el no mas es un simple borreguero porque ahora que el viene a contar lo que sabe lo quieren meter preso por cómplice de algo que no cometió porque dicen que el lo tenía escondido pero a lo que el hiba era a decirle que haya en el rio había un difunto ...pues le dice que el no era adivino para saber lo que había hecho el difunto hombre porque aquel hombre sólo pedía comida y ahora estaba muerto pues el borreguero pensaba que tenía su ropa tendida en el rio pero no era así, todo su cuerpo con la cara metida en el agua pues el borreguero penso que se había doblado al empinarse sobre el río y que luego se había puesto a resollar agua, hasta que le vio la sangre coagulada que le salía de la boca y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran taladrado. El borreguero le dijo que el no iva a averiguar eso, que solo venia a decirle lo que habia pasado sin poner y mucho menos quitarle nada pues el solo era un triste borreguero y nada más.

    Josseth Esau López Carranza
    11 Informática.





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  4. Esta es un relato muy interesante ya que empieza con un hombre que en busca de venganza por pa muerte de su hermano, va tras el acesino pasando por lo que el llama el horizonte, tras varios obstaculos en el camino alfin de noche llega a la casa, pero como estaba todo oscuro vino el y no distimgia al acesino asi que los mato a todos, al salir y dirijirse al rio, su mente hiba pensando no debi matarlos a todos y lo desia una y otra vez cuando en parte tambien desia que era mejor ya que nadie tendria que llorar a nadie...

    Esta historia es muy interesante e intrigantre capta la atencion del leedor y lo hace inmaginar la escena en si.

    Keysi sierra 11vo informatica.

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  5. Considero realista la historia , lo veo desde la perspectiva alterna que está en una constante proposición con la realidad mundial , usted no sabe quién o qué puede hacer la persona con la que normalmente interactúa , usted no conoce el destino que se depara para cada uno , pero si puede concluir con una cadena de injusticias , puede emprender el bien , ante el mal , aunque sea usted un simple borreguero.

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  6. La lectura nos habla acerca de un hombre del que no sabemos nada el único dato dato es que le falta un dedo en uno de sus pies, este hombre es buscado por el crimen que a cometido, transcurrió por el horizonte y es echado y despreciado de los pueblos que se encontraba transcurriendo su viaje se encuentra con problemas nos relata al final que él llega a un río para pasar o terminar sus últimos días en dicho lugar.
    Yarah Quiñonez

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  7. "El Hombre" es que una historia en la que se relata injusticia, muerte y venganza, siendo realista en los actos que pueden llegar a ocurrir aún en algunos lugares de nuestro pais.
    El protagonista de esta historia es perseguido por el asesino del hermano por haber matado a toda su familia, tiempo de llegar a la orilla de un río y haber recibido ayuda de un amigable pastor es encontrado por el mismo, muerto.
    Naira Carrasco
    Humanidades

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  8. La historia del (EL HOMBRE) nos relata de un hombre Que vivía muchas injusticias en su vida
    Nos relata que al hombre le faltaba un dedo del pie y el hombre no lo querían en ningún pueblo lo corrían de los pueblos y una vez llegó a la orilla de un río para terminar con sus últimos día de vida.

    Esta historia nos ayuda a reflexionar sobre todo lo que pasa en la vida cotidiana de la sociedad que solo vive problemas sombre la injusticia, la muerte y la pérdida de familiares causadas por el asesinato pero nos ayuda a entender que en todo lugar hay tanto como personas buenas y peronas malas.
    Pero es una historia muy Bonita

    Att:Walter Duron
    Humanidades

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