NO TENGAS MIEDO. HABLA SOLO.: Funes el memorioso

TALLER DE LECTURA

UNDÉCIMO GRADO: HUMANIDADES E INFORMÁTICA
LENGUA Y LITERATURA
PROFESOR CARLOS FIGUEROA

Indicaciones: A continuación se le presenta la lectura de "Funes el memorioso" del escritor argentino Jorge Luis Borges, un talento de la pluma mundial, léalo atentamente y escriba la siguiente información, en el lugar de los comentarios, que se le solicita, en un espacio no menor a 20 líneas o reglones, no olvide ver el vídeo corto sobre la biografía del autor:

1. Nombre quién era "Funes el memorioso".
2. Describa el lenguaje que utiliza.
3. Mencione en qué etapa de su vida murió.
4. Comente sobre el modo de vida.
5. Hable acerca de su relación con los demás.


Funes el memorioso

[Cuento - Texto completo.]
Jorge Luis Borges


Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, solo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y esa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Recordar u olvidar? – un ensayo basado en Funes el Memorioso de ...Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado… Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por yj por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio.
El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
FUNES EL MEMORIOSO – Filosofía y ValoresIreneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que solo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.
Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, la caldera, Napoleón, Agustín Vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas… Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no solo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Este, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No solo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
FIN

BIOGRAFÍA DEL ESCRITOR ARGENTINO JORGE LUIS BORGES




Comentarios

  1. "Funes el memorioso" Era un joven con cualidades únicas como siempre saber la hora y después de un accidente sus habilidades incrementaron llegando a ser capaz de memorizar todo lo que leía y recordar todo lo que había vivido.
    Su lenguaje era profesional y algunas palabras eran desconocidas para mí, podría llegar a decir que era un lenguaje "culto"
    Funes murió en la etapa de la juventud, a sus 19 años.
    Después del accidente él adoptó un modo de vida aislado y considero que abstracto para otras personas.
    Su relación con otras personas no me quedó completamente clara, pero considero que era aislada y complicada ya que él pasaba la mayoría del tiempo solo y razonando sobra las cosas a su alrededor.

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  2. 1- considero a funes como un hombre con una capacidad extraordinaria para recordar, una memoria impresionante y un sabio y distintivo hombre.
    2- el lenguaje utilizado es el español.
    3- murió en su plena juventud a la edad de 21 años de congestión pulmonar.
    4- puedo interpretar la vida de funes como agobiante por el hecho de que muchas veces no podía dormir pues su mente no paraba de recordar y que él asimilara su memoria como “un botadero de basura”.
    5- creo que no tenia relaciones cercanas con muchas personas ya que pasaba la mayoría de tiempo solo y además su accidente no le permitía relacionarse.
    Suani Rivera

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  3. “Funes el memorioso” en 1942 no es sólo una larga metáfora del insomnio como el propio Borges afirma. Pienso que si es eso, pero también mucho más. Me atrevería a decir, incluso, que esa declaración es, a su vez, otra metáfora. Porque, aunque el relato hable del insomnio, este es sólo un acercamiento así como por encima a la historia de Ireneo Funes; una primera capa en la significación del texto; en definitiva, un vehículo que nos conduce hacia una creación literaria mucho más amplia y rica, donde creo que complejidad no radica en el lenguaje ni en la trama, sino en la interpretación según diversas lecturas posibles del mismo texto. Por tanto, si nos adentramos más en él , de formas más complejas, descubriremos argumentos más profundos en donde la filosofía y religión se relacionan mucho.
    Linsey Aguilar 11 Humanidades.

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  4. Funes el memorioso, es la historia de un tal Ireneo Funes, quien, después de caerse de su caballo y recibir una mala lesión en la cabeza, adquirió el asombroso talento -o maldición- de recordar absolutamente todo.


    Borges explora una variedad de temas en el texto, como la necesidad de generalización y abstracción al pensamiento y la ciencia.

    Funes se puede comparar con un sabio autista, ya que ha adquirido una capacidad extraordinaria, la memoria, sin la necesidad obvia de estudio o práctica. La historia plantea la cuestión no resuelta de cuánto potencial no cumplido realmente contiene el cerebro humano.

    𝑷𝒆𝒅𝒓𝒐 𝑭𝒆𝒓𝒏𝒂𝒏𝒅𝒐 11 𝒅𝒆 𝑰𝒏𝒇𝒐𝒓𝒎𝒂́𝒕𝒊𝒄𝒂

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  5. Funes el Memorioso
    Un joven con muchas cualidades muy buenas , despues de su acidente su habilidades eran imcrementadas desconocida su lenguaje (culto) Funez Murio muy joven a los 19 años de edad

    Yo no derecho a pronunciar ese verbo sagrado , solo ese hombre a muerto Pedro Leandro ipuche ha escrito que funes era un precuso de los super hombre un Zarathutra cimarron , rernoculo
    Los ochenta y cinco y ochenta y seis Montevide por el Ochenta y siete volvierlon a Fray Bento conocieron finalmente CRONOMETRICO

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  6. "Funes el memorioso"
    Un joven no tan común como los demás, era una persona que quizás no tenía la mejor vida, pero estoy segura de que trataba de aprovechar cada minuto. Después de sufrir un accidente y golpearse la cabeza, su memoria se transformo en algo maravilloso y digno de admirar, adquirió una percepción increíble de todo lo que le rodeaba. utilizaba un lenguaje complejo ya que le daba un nombre a diferente a las cosas que estaban a su alrededor al igual que a los números, era tan increíble su memoria que podía incluso recordar el número de hojas de cierto árbol en cierto cerro.
    Lamentablemente su vida fue corta ya que murió a los 19 años, en su etapa adolescente, lo cual no significa que sus recuerdos no hayan perdurado, una persona tan excepcional no se olvida nunca y seguramente él tampoco olvida nada.
    Su modo de vida era bastante particular, le gustaba pasar sus días en su cuarto a oscuras, bueno tampoco es como si él pudiera salir, el accidente lo había condenado a pasar los días en su cuarto, lo cual no le impedía aprender cosas nuevas, pero le impedía crear nuevos recuerdos fuera de las cuatro paredes.
    Su relación con los demás era peculiar, no se comunicaba de la manera en la que los demás lo hacían, ya que ni él, ni su forma de admirar el mundo lo eran, se asemeja mucho a la manera en la que se comunica una persona con autismo, distante, directo, sin vacilar, pero de una forma digna de ser recordada.
    Es una historia que demuestra que la memoria humana es tan fascinante y misteriosa como el universo y debe ser digna de admirar y aprovechar todo el potencial al que podemos ser capaces de llegar a tener.

    Liana Cruz, 11vo de humanidades.

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  7. Tenía una buena memoria, como cualidad era muy inteligente y me dejó mucho que pensar su forma de ser, las acciones que hacía.
    Su lenguaje era el español, muy culto, usando palabras formales.
    Tristemente perdió la vida casi en plena adolescencia a la corta edad de 19 años.
    Luego de su accidente la decisión de aislarse creo que fue por el que dirán los demás.
    El insomnio tomó un papel importante en la historia de Funes, siento que él de alguna forma perdió la fe sobre el mismo después del problema.
    Angie Moreno, humanidades

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  8. Funes fue un joven con una capacidad increíble que muchos nos gustaría tener una capacidad después de su accidente a los 19 años , el lenguaje que nos muestran es el español muy compuesto ,Funes murió a la edad de 21 años debido a una cogestión pulmonar , creo que el modo de vida de él fue muy difícil ya que a veces la mayoría de personas no entendían lo que pasaba con él se sentía que solo él sabia eso creo que para él eso fue muy difícil , como bien sabemos la mayoría de personas no sabían de lo que Funes hablaba lo cual fue un alejamiento entre las personas y él
    Genesis Jimenez 11vo de Humanidades

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  9. Funes El Memorioso
    Ireneo funes un hombre demasiado inteligente, con capacidades increíble, se desarrollaba muy bien en lo que era el español, un joven increíble que a pesar de perder la edad a muy temprana edad.
    Un joven que supo aprovechar todo lo que vino después de su accidente, su manera de alejarse de el mundo exterior fue por qué las personas podrían verlo de una manera diferente, pensar que esta loco, pero tenía un talento muy inusual y eso era demasiado increíble, creo que su vida fue algo no común por todo lo que le pase durante ese transcurso de ese tiempo pero el era feliz con todo lo que hacía.
    Jefry Alberto Humanidades

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  10. Irene Funes o mejor conocido como el "memorioso Funes" fue un joven con una memoria impresionante y tenia otras habilidades y capacidades admirables.
    El lenguaje que utilizaba era muy complejo, formal y culto.
    Lastimosamente murió en la etapa de su adolescencia ( a los 19 años)
    Su modo de vida no era tam activo, solo pasaba encerrado en su cuarto a oscuras y fumando, debido al accidente.
    Su manera de relacionarse con los demas era muy distinta a la que normalmente conocemos era directo al decir lo opinaba y a la vez distante.
    Andrea Corrales 11vo de Humanidades


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  11. "Funes el memorioso"
    La complicada historia de Funes el memorioso , es para mi una de las impresiones lectores más interesantes , narrando las peripecias acontecida por el mismo personaje , que nos demuestra la encarnada capacidad humana que se esconde en los más distantes recovecos de nuestra mente , sin embargo , le atribuimos de cierta forma , un increíble lenguaje que sin duda es más constante en la superación de la palabra misma, ya que partiendo con delicadeza llega al final con infortunio en la historia , para el joven Funes y teniendo un tipo de talasocracia pero en este caso sobre la palabra. Funes el memorioso como ya antes se ha mencionado, a mi parecer es el deseo humano , por la superación posterior a la sabiduría y vencer el miedo hostil que se encuentra y encarcela nuestra mente, con celdas que marcan ese amargo olor a pobreza mental o incapacidad, pero en el caso de Funes , que se presentó como una persona excelsa, teniendo capacidades extraordinarias , a pesar de haber muerto a los 21 , de ese modo concluye con su adolescencia y su vida.

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  12. Funes el memoroso": era un joven con virtudes y capacidades unicas, esta historia es muy interesante en sierto,punto al saber que el joven Funes tenia la capacidad de memorisar todo lo que leia y miraba,en cierto punto era detallista ya que pasaba pensando en como era cada cosa tales como las grietas que tenian las casas vecinas por ejemplo,
    esto le ayudo a aprender sin nungun esfuerzo varios idiomas : el latin, ingles , frances etc.

    El joven Funes murio muy joven teniendo tan solo 21 años de una congestion pulmonar.
    Keysi sierra 11vo informatica

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    Respuestas
    1. Funes era un joven que tambien no era sociable su estilo de vida era aislado de los demas le encantaba estar en la oscuridad si hablado era el latin con español.
      Keysi sierra 11vo informarica

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  13. (Funes el memorioso) era una persona extraordinariamente inteligente a pesar de su corta edad poseía una cualidad única que era recordar todos los acontecimientos que a realizado, aunque adquirió ese don de una manera anormal.
    El lenguaje que el utilizaba era el español y era un lenguaje muy culto por las palabras que utilizaba al expresarse.
    Tristemente su vida no fue muy extensa ya que murió a la corta edad de 21 años de una enfermedad.
    Creo que la vida que el tenía era algo frustrante ya que por su habilidad para recordar le causaba noches de desvelo pero eso no le impedía ser feliz.
    Su relación con las personas era anormal ya que su forma de ser era algo fría y creo que por eso no tenía muchas personas allegadas a él.
    Yarah Quiñonez .11 de Humanidades

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  14. Ireneo Funes (Funes el mentiroso).
    Joven con increíbles virtudes y destrezas, está es una fascinante e interesante historia contada por los mismos personajes, este joven tenía una genial retención de las cosas,al principio lo conocían por saberse la hora como un reloj y por no darse con nadie este hombre tenía capacidades dignas de admirar era muy detallista y aprendió varios idiomas aprovechó al máximo sus capacidades después de su accidente, el no era sociable, todo el tiempo trataba de estar aislado, su lenguaje era español muy formal y complejo, lastimosamente este increíble joven murió a la edad de 21 años a causa de una congestión pulmonar.
    Kimberlin Meza-Humanidades.

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  15. Funes el memorista era un joven con un buen intelecto por que tenía una capacidad única de memorizarse las cosas muy rápido

    Pero el joven no era sociable le gustaba estar aparte de los demás persona se aislaba de los demás.

    Att Walter duron
    Humanidades

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